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martes, abril 28, 2009

La gripe porcina y el monstruoso poder de la gran industria pecuaria

Mike Davis*
Sin Permiso

28 de abril de 2009

Traducción: Marta Domènech y María Julia Bertomeu
Original en inglés: The Guardian, 27 de abril de 2009

Nuestro amigo y miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO Mike Davis, cuyo libro El monstruo llama a nuestra puerta (trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006) alertó lúcida y brillantemente del peligro de una gripe aviar pandémica de alcance mundial, explica ahora cómo la gran industria pecuaria globalizada ha sentado las bases para un más que preocupante brote de gripe porcina en México.

La gripe porcina mexicana, una quimera genética probablemente concebida en el cieno fecal de una gorrinera industrial, amenaza subitáneamente con una fiebre al mundo entero. Los brotes en la América del Norte revelan una infección que está viajando ya a mayor velocidad de la que viajó con la última cepa pandémica oficial, la gripe de Hong Kong en 1968.

Robándole protagonismo a nuestro último asesino oficial, el virus H5N1, este virus porcino representa una amenaza de ignota magnitud. Parece menos letal que el SARS [Síndrome Respiratorio Agudo, por sus siglas en inglés] en 2003, pero, como gripe, podría resultar más duradera que el SARS. Dado que las domesticadas gripes estacionales de tipo A matan nada menos que a un millón de personas al año, incluso un modesto incremento de virulencia, especialmente si va combinada con una elevada incidencia, podría producir una carnicería equivalente a una guerra importante.

Ello es que una de sus primeras víctimas ha sido la consoladora fe, inveteradamente predicada por la Organización Mundial de Salud (OMS), en la posibilidad de contener las pandemias con respuestas inmediatas de las burocracias sanitarias e independientemente de la calidad de la sanidad pública local. Desde las primeras muertes por H5N1 en 1997, en Hong Kong, la OMS, con el apoyo de la mayoría de administraciones nacionales de sanidad, ha promovido una estrategia centrada en la identificación y el aislamiento de una cepa pandémica en su radio local de brote, seguidos de una masiva administración de antivirales y –si disponibles— vacunas a la población.

Una legión de escépticos ha criticado ese enfoque de contrainsurgencia viral, señalando que los microbios pueden ahora volar alrededor del mundo –casi literalmente en el caso de la gripe aviar— mucho más rápidamente de lo que la OMS o los funcionarios locales puedan llegar a reaccionar al brote original. Esos expertos han observado también el carácter primitivo, y a menudo inexistente, de la vigilancia de la interfaz entre las enfermedades humanas y las animales. Pero el mito de una intervención audaz, preventiva (y barata) contra la gripe aviar ha resultado valiosísimo para la causa de los países ricos que, como los EEUU y el Reino Unido, prefieren invertir en sus propias líneas Maginot biológicas, antes que incrementar drásticamente la ayuda a los frentes epidémicos avanzados de ultramar. Tampoco ha tenido precio este mito para las grandes transnacionales farmacéuticas, enfrentadas en una guerra sin cuartel con las exigencias de los países en vía de desarrollo empeñados en exigir la producción pública de antivíricos genéricos clave como el Tamiflu patentado por Roche.

La versión de la OMS y de los centros de control de enfermedades, de acuerdo con la cual ya se está preparado para una pandemia, sin mayor necesidad de nuevas inversiones masivas en vigilancia, infraestructura científica y regulatoria, salud pública básica y acceso global a fármacos vitales, será ahora decisivamente puesta a prueba por la gripe porcina, y tal vez averigüemos que pertenece a la misma categoría de gestión "ponzificada" del riesgo que los títulos y obligaciones de Madoff. No es tan difícil que falle el sistema de alertas, habida cuenta de que, sencillamente, no existe. Ni siquiera en la América del Norte y en la Unión Europea.

Tal vez no sea sorprendente que México carezca tanto de capacidad como de voluntad política para gestionar enfermedades avícolas y ganaderas, pero ocurre que la situación apenas es mejor al norte de la frontera, en donde la vigilancia se deshace en un desdichado mosaico de jurisdicciones estatales y las grandes empresas pecuarias se enfrentan a las regulaciones sanitarias con el mismo desprecio con que suelen tratar a los trabajadores y a los animales. Análogamente, una década entera de advertencias de los científicos fracasó en punto a garantizar transferencias de sofisticada tecnología viral experimental a los países situados en las rutas pandémicas más probables. México cuenta con expertos sanitarios de reputación mundial, pero tiene que enviar las muestras a un laboratorio de Winnipeg para descifrar el genoma de la cepa. Así se ha perdido toda una semana.

Pero nadie menos alerta que las autoridades de control de enfermedades en Atlanta. De acuerdo con el Washington Post, el CDC [siglas en inglés del Centro de Control de Enfermedades, radicado en Atlanta; T.] no se percató del brote hasta seis días después de que México hubiera empezado a imponer medidas de urgencia. No hay excusa que valga. Lo paradójico de esta gripe porcina es que, aun si totalmente inesperada, había sido ya pronosticada con gran precisión. Hace seis años, la revista Science consagró un artículo importante a poner en evidencia que, "tras años de estabilidad, el virus de la gripe porcina de la América del Norte ha dado un salto evolutivo vertiginoso".

Desde su identificación durante la Gran Depresión, el virus H1N1 de la gripe porcina sólo había experimentado una ligera deriva desde su genoma original. Luego, en 1998, una cepa muy patógena comenzó a diezmar puercas en una granja de Carolina del Norte, y empezaron a surgir nuevas y más virulentas versiones año tras año, incluida una variante del H1N1 que contenía los genes internos del H3N2 (causante de la otra gripe de tipo A que se contagia entre humanos).

Los investigadores entrevistados por Science se mostraban preocupados por la posibilidad de que uno de esos híbridos pudiera llegar a convertirse en un virus de gripe humana –se cree que las pandemias de 1957 y de 1968 fueron causadas por una mezcla de genes aviares y humanos fraguada en el interior de organismos porcinos—, y urgían a la creación de un sistema oficial de vigilancia para la gripe porcina: admonición, huelga decirlo, a la que prestó oídos sordos un Washington dispuesto entonces a tirar miles de millones de dólares por el sumidero de las fantasías bioterroristas.

¿Qué provocó tal aceleración en la evolución de la gripe porcina? Hace mucho que los virólogos están convencidos de que el sistema de agricultura intensiva de la China meridional es el principal vector de la mutación gripal: tanto de la "deriva" estacional como del episódico "intercambio" genómico. Pero la industrialización granempresarial de la producción pecuaria ha roto el monopolio natural de China en la evolución de la gripe. El sector pecuario se ha visto transformado en estas últimas décadas en algo que se parece más a la industria petroquímica que a la feliz granja familiar que pintan los libros de texto en la escuela.

En 1965, por ejemplo, había en los EEUU 53 millones de cerdos repartidos entre más de un millón de granjas; hoy, 65 millones de cerdos se concentran en 65.000 instalaciones. Eso ha significado pasar de las anticuadas pocilgas a ciclópeos infiernos fecales en los que, entre estiércol y bajo un calor sofocante, prestos a intercambiar agentes patógenos a la velocidad del rayo, se hacinan decenas de millares de animales con más que debilitados sistemas inmunitarios.

El año pasado, una comisión convocada por el Pew Research Center publicó un informe sobre la "producción animal en granjas industriales", en donde se destacaba el agudo peligro de que "la continua circulación de virus (…) característica de enormes piaras, rebaños o hatos incremente las oportunidades de aparición de nuevos virus por episodios de mutación o de recombinación que podrían generar virus más eficientes en la transmisión entre humanos". La comisión alertó también de que el promiscuo uso de antibióticos en las factorías porcinas –más barato que en ambientes humanos— estaba propiciando el auge de infecciones estafílocóquicas resistentes, mientras que los vertidos residuales generaban brotes de escherichia coli y de pfiesteria (el protozoo que mató a mil millones de peces en los estuarios de Carolina y contagió a docenas de pescadores).

Cualquier mejora en la ecología de este nuevo agente patógeno tendría que enfrentarse con el monstruoso poder de los grandes conglomerados empresariales avícolas y ganaderos, como Smithfield Farms (porcino y vacuno) y Tyson (pollos). La comisión habló de una obstrucción sistemática de sus investigaciones por parte de las grandes empresas, incluidas unas nada recatadas amenazas de suprimir la financiación de los investigadores que cooperaran con la comisión.

Se trata de una industria muy globalizada y con influencias políticas. Así como el gigante avícola Charoen Pokphand, radicado en Bangkok, fue capaz de desbaratar las investigaciones sobre su papel en la propagación de la gripe aviar en el sureste asiático, es lo más probable que la epidemiología forense del brote de gripe porcina se dé de bruces contra la pétrea muralla de la industria del cerdo.

Eso no quiere decir que no vaya a encontrarse nunca una acusadora pistola humeante: ya corre el rumor en la prensa mexicana de un epicentro de la gripe situado en torno a una gigantesca filial de Smithfield en el estado de Veracruz. Pero lo más importante –sobre todo por la persistente amenaza del virus H5N1— es el bosque, no los árboles: la fracasada estrategia antipandémica de la OMS, el progresivo deterioro de la salud pública mundial, la mordaza aplicada por las grandes transnacionales farmacéuticas a medicamentos vitales y la catástrofe planetaria que es una producción pecuaria industrializada y ecológicamente desquiciada.

* Mike Davis es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO. Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana tardía (trad. Aitana Guia i Conca e Ivano Stocco, Ed. Universitat de València, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket Books, 2008) y Buda's Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2009).

Traducción para w
ww.sinpermiso.info: Marta Domènech y María Julia Bertomeu.

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martes, septiembre 18, 2007

Donde cesa la utopía

Frei Betto*
Adital
27 de agosto de 2007

Traducción de J.L.Burguet


J
uan Pablo II nombró el año 2000 al inglés Tomás Moro (1478-1535) patrono de los políticos. Hizo una buena elección, considerada la ambigüedad de la mayoría de los políticos. Canonizado en 1935 por el papa Pío XI y poco conocido por su supuesta santidad, Moro es famoso por ser el autor de un libro clásico, "Utopía" (1516), término que acuñó a partir del griego utopos, que significa ‘ningún lugar’.

Moro se inspiró en Luciano, satírico griego del siglo 2º, autor de "Historia verdadera", y en Erasmo, de quien era amigo, autor de "Elogio de la locura" (1511), quien en carta dirigida a Moro afirmó que "las jocosidades pueden conducir a algo más serio". Es lo que hace la buena literatura de nuestro Veríssimo.

En su obra Moro describe la comunidad de una isla en la que no había dinero ni propiedad privada, y se admitían adoradores del sol y de la luna. "Todos eran libres para practicar la religión que mejor les pareciera, y podían intentar atraer a otras personas a su propia fe, siempre que lo hicieran tranquila y educadamente, por medio de argumentos racionales".

El autor tenía como objetivo protestar contra las injusticias de la Inglaterra de su época: pobreza generalizada, criminalidad, pena de muerte a quien robaba para matar el hambre. "Ustedes los ingleses -dice el narrador de la "Utopía"- me recuerdan a los profesores incompetentes, que prefieren reprobar a sus alumnos antes que enseñarles. En vez de infligir esos castigos horribles, sería mucho más adecuado proporcionar a todos algún medio de sobrevivencia, de modo que nadie se encuentre en la terrible necesidad de convertirse, primero, en ladrón y después en cadáver".

En la isla de Moro "todos reciben una porción justa, de modo que nunca haya pobres o mendigos. Nadie es propietario de nada, pero todos son ricos -a fin de cuentas ¿Qué riqueza mayor puede haber que la alegría, la paz del espíritu y estar libre de angustia?"

Dos factores hicieron que Moro renegase de sus antiguas ideas y se volviera contra Moro: la Reforma de Lucero y su nombramiento como funcionario real en 1518. Picado por la mosca azul, el poder se le subió a la cabeza. Luego fue promovido a ‘consejero teológico’ y en 1529 nombrado Lord Canciller de Enrique VIII.

Lo que antes veía como deseable, ahora que había llegado al poder le parecía peligroso. Prefirió olvidar lo que predicó y escribió. A pesar de que la comunidad de la "Utopía" se parezca al comunismo, Moro, enemigo de la Reforma, pasó a atacar la vida común de los anabaptistas como herejía terrible, y volvió a defender a los ricos propietarios de tierras.

Lord Moro prohibió más de cien libros, persiguió a quien no profesaba la fe católica, entre los cuales estaba el teólogo protestante William Tyndale, quien tradujo la Biblia al inglés. Según su biógrafo, John Guy, Moro aplicaba severamente las leyes que decretaba: "los vendedores de libros eran apresados y multados, sus montones de literatura herética quemados en la plaza pública", y ellos obligados a desfilar los días de mercado, cabalgando hacia atrás, para que el pueblo les tirase frutas podridas.

En el epitafio que redactó para sí mismo Moro afirmaba orgulloso haber sido un "perseguidor de ladrones, asesinos y herejes". Esta última palabra fue suprimida cuando se le cambió de sepultura en el siglo 19.

En 1533 Enrique VIII se separó de Catalina de Aragón, enamorado como estaba de Ana Bolena. Dado que Roma le negó la anulación del matrimonio, para legalizar su divorcio y volver a casarse de nuevo por la Iglesia, el rey se atribuyó a sí mismo la autoridad del papa y fundó la Iglesia Anglicana. Por oponerse a aceptar a Ana Bolena como reina de Inglaterra y ponerse de parte del papa Clemente VII, que excomulgó a Enrique VIII, Moro fue decapitado en 1535.

¿El poder es antiutópico o distópico por naturaleza? ¿Por qué hoy tantos que antes elevaban su voz contra el poder del capital y desplegaban banderas progresistas, de leones bravos se convirtieron en dóciles corderos del rebaño neoliberal?

Pienso que el poder, debido a las urgencias del presente, hace que se pierda la visión de futuro. Y como el poderoso tiende a perpetuarse en el cargo -a menos que se vea alejado de él por el fin del mandato, por la Justicia, por la presión popular o por la muerte-, trata de reducir el proceso histórico a su momento personal. Se cree el comienzo y el final, sin conciencia de que no pasa de ser un mediador (medio) del mandato popular. De ahí el peligro de transformarse en una figura ridícula, mera caricatura de sus ambiciones desmedidas. En su pobre topía ya no queda lugar para la utopía.

* Fray dominico. Escritor. Autor de La mosca azul. Reflexiones sobre el poder, entre otros libros.

viernes, mayo 11, 2007

Blair e Irak

Patrick Cockburn
La Jornada

11 de mayo de 2007
Original: The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca

Irak podría ser visto en Gran Bretaña como la Némesis* de Tony Blair, pero este jueves los iraquíes recibieron la noticia de su partida con total indiferencia. Al preguntárseles qué piensan, la mayoría se encogió de hombros y se mostró sorprendida por esta pregunta. Otros dijeron que lo percibían sólo como un suplente del presidente Bush.

Es fácil entender por qué Blair no es objeto de un mayor afecto en Irak. El 8 de abril de 2003, justo antes de la caída de Saddam Hussein, tropas británicas distribuyeron un panfleto en árabe que contenía un mensaje de paz de Blair a los iraquíes. Este prometía "un Irak pacífico y próspero gobernado por el pueblo iraquí".

Los iraquíes saben de sobra que esto nunca ocurrió. Cuatro años después de la carta, Irak es quizás el país menos pacífico del mundo. Bagdad es presa del terror. El jueves, que fue un día tranquilo, la policía recogió 21 cuerpos de hombres asesinados. Nadie sabe cuántos cadáveres haya en el fondo del río o en tumbas poco profundas en el desierto.

Irak no sólo no es próspero, sino que su población está cerca de la desnutrición, pues 54 por ciento de los habitantes vive con menos de un dólar al día, y 15 por ciento trata de subsistir con sólo cinco céntimos de dólar. Cerca de 60 por ciento de los iraquíes está desempleado. De los 34 mil doctores que había en Irak en 2003, 12 mil han huido del país y otros 2 mil han sido asesinados, según la Organización de Naciones Unidas.

La otra promesa de Blair en cuanto a que Irak sería gobernado por iraquíes tampoco ha sido cumplida, a ojos de la población. Una encuesta publicada esta primavera demostró que 59 por ciento de los iraquíes cree que Irak es controlado por Estados Unidos y sólo 34 por ciento piensa que el control es iraquí.

En Gran Bretaña las críticas hacia Blair giran básicamente en torno a la decisión de ir a la guerra, el dossier "tramposo" y la ausencia de armas de destrucción masiva. Esto ha sido una ventaja para él. Repetidamente ha dicho que Saddam Hussein era un dictador malvado y que no se arrepiente de haberlo derrocado.

Muchos iraquíes estarían de acuerdo. Ellos no lucharon por Saddam, ni siquiera los supuestamente leales miembros de la Guardia Republicana, y la mayoría fue feliz al ver el fin de su desastroso mandato. Pero un mes después del supuesto fin de la guerra, Blair se plegó a lo que fue esencialmente una decisión estadunidense, al permanecer ocupando el país para reformarlo a su antojo. Es de esta decisión que surgieron todos los desastres actuales.

Blair nunca dio la impresión de saber mucho de Irak cuando lo invadió ni de haber aprendido nada de él en los pasados cuatro años. Sus discursos y declaraciones sobre el tema fueron, con frecuencia, pueriles. El primer año tras la caída de Saddam se vivió bajo una ocupación absoluta. Durante el segundo año hubo una independencia iraquí de nombre, bajo el gobierno de un gobierno no electo de iraquíes pro occidentales.

Las elecciones de 2005 vieron el triunfo de los partidos religiosos chiítas, para decepción de las embajadas estadunidense y británica, que desde entonces han buscado neutralizar su influencia.

Siempre ha sido difícil saber qué tanto Blair se creyó su propia propaganda. Una y otra vez decía que la mayor parte de Irak estaba en paz, y que la prensa exageraba la miseria que se vivía, cuando había progresos. Fue una gran ventaja para él que esas plácidas provincias de las que hablaba, en realidad fueran tan peligrosas, que ningún reportero fue ahí para refutar las afirmaciones del primer ministro.

Ninguna política exterior o militar podía haberse basado en las tonterías que Blair repetía sobre Irak. Dijo que la insurgencia estaba aislada cuando que ésta, desde las primeras fases de la guerra, tuvo amplio apoyo de la comunidad sunita. En marzo pasado, 78 por ciento de los iraquíes se oponían a la presencia de las fuerzas estadunidenses y británicas, según una encuesta de alcance muy amplio.

Hubo otra muy fea consecuencia de esto. En Afganistán, Al Qaeda contaba con escaso apoyo. Sus números eran tan pequeños que para filmar sus videos promocionales mostrando a sus combatientes en acción, se tenía que contratar por día a hombres de tribus locales. En los primeros meses de la ocupación de Irak, Al Qaeda encontró por primera vez un ambiente de empatía en el cual crecer. El "terrorismo" que Blair denunciaba con tanta regularidad se incubó y floreció en condiciones que él contribuyó a crear.

Irak dejó expuestas no sólo las debilidades de Blair sino las de Gran Bretaña. Ha sido extraño para mí en los últimos cuatro años el volver a Londres desde Bagdad preguntándome si la gente realmente sabe lo que está pasando en Irak. Casi inmediatamente descubrí que desde el taxista hasta el funcionario público lo saben todo sobre los errores cometidos en Irak, pero también están resignados a que no pueden hacer nada al respecto.

Blair no es el único primer ministro británico que comete errores catastróficos en Medio Oriente. Se dice que Lloyd George pudo haber permanecido como primer ministro vitalicio, por ser el arquitecto de la victoria de 1918, pero cuatro años más tarde se vio obligado a renunciar por haber intentado ir a la guerra con Turquía.

En 1956 Anthony Eden invadió de manera desastrosa Egipto y se justificó con palabras a las que Blair hizo eco casi medio siglo después, alegando que Nasser era una amenaza para Medio Oriente.

Lloyd George y Eden fueron rápidamente desalojados de Downing Street. Blair no lo permitió y se aferró. Esto es lo que vuelve tan venenoso su legado en Irak. Durante cuatro años le ha colgado los colores de la bandera británica a una fallida política estadunidense sobre la que Londres no tiene influencia significativa. Ha puesto de manifiesto una humillante dependencia británica hacia Washington sin lograr ventaja alguna.

En cuanto a los iraquíes, pese a su retórica sobre haberlos rescatado de Saddam, Blair se ha mostrado asombrosamente indiferente a su destino.

* Némesis es la diosa griega de la justicia retributiva, la venganza y la fortuna. En inglés es común usarlo en referencia a algo que da su merecido a la persona en cuestión (N. de la T.).