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martes, mayo 08, 2007

Sobre populismos

Francisco Fernández Buey*
Kaos en la red
7 de mayo de 2007

Hoy en día, en los principales medios de comunicación occidentales, se llama populismo a movimientos, gobiernos o regímenes muy diferentes y a veces de signo radicalmente contrario. Esto está creando mucha confusión, pues existe la tendencia a meter en ese mismo saco del populismo procesos y tendencias que son muy distintos por su orientación, por los objetivos explícitamente declarados y por la actuación en la práctica de los sujetos de referencia.

Desde el punto de vista de la historia de las ideas políticas, resulta llamativo que al hablar o escribir hoy en día sobre populismo casi nadie se acuerde del primer movimiento socio-político que está en la base del uso del término populismo en Europa. Vale la pena recordarlo. En Europa, el término populismo se usó históricamente para calificar a los narodnik rusos de la segunda mitad del siglo XIX. ¿Por qué un olvido tan generalizado? La reflexión a partir de esta pregunta arrojaría mucha luz acerca de la confusión actual sobre el uso del término populismo, que casi siempre aparece ahora en una acepción peyorativa.

Hay ahí un cambio de orientación muy notable en la historia de las ideas. Si se compara el tono positivo con que escribían sobre este populismo Franco Venturi, Isaac Berlin o, por ejemplo, Albert Camus, en El hombre rebelde, durante los años que van desde la década de los cincuenta a la década de los setenta del siglo XX, con el uso actual del término populismo, pronto se llega a la conclusión de que se ha producido una inversión casi total en la acepción de la palabra.

La cosa viene a cuento por el uso negativo del término populismo que habitualmente se hace al escribir ahora sobre algunos de los movimientos sociales y procesos políticos en curso en América Latina (en Bolivia, en Ecuador, en Perú, parcialmente en Venezuela, etcétera). Pues, en mi opinión, esto tiene más puntos de contacto con el narodnikismo(y tal vez con el primer populismo agrarista norteamericano) que con el tipo de populismo en que habitualmente se piensa cuando nombramos a Álvaro Obregón (en México), a Getulio Vargas (en Brasil), a José María Velasco Ibarra (en Ecuador) o a Juan Domingo Perón (en Argentina).

Los movimientos sociales y procesos políticos en curso en los países latinoamericanos mencionados enlazan, en cierto modo, con los objetivos, metas y discursos de lo que fue el primer populismo ruso tanto en su crítica de los males de la modernización capitalista (ahora de la globalización neo-liberal) y de las tiranías elitistas (ahora de las oligarquías corruptas) como en su advocación genérica del socialismo.

Estos movimientos socio-políticos se caracterizan por su defensa identitaria y/o nacionalista, de pueblos, comunidades o naciones pequeñas históricamente excluidos/as, cuya base social es mayormente campesina (neo-indigenista o neo-indianista) o urbana de origen campesino, pero cuya visión de las cosas ha sido reelaborada, como en el caso del populismo ruso del XIX, por una parte de la intelligentsia sensible a la diversidad lingüística y cultural.

Finalmente, estos movimientos enlazan con el narodnikismo por su vínculo con la defensa de la tierra, que en el caso del narodnichestvose expresaba en la defensa de la comuna rural (o de sus restos) y que ahora (cuando se superponen lo pre-moderno, lo moderno, y lo post-moderno) se expresa en el ecologismo de los pobres, en la defensa de la soberanía alimentaria de las comunidades, en la defensa de los principales recursos estratégicos y en la lucha contra la biopiratería como nueva forma de colonialismo.

Por supuesto, también ahora en América Latina, como en la segunda mitad del siglo XIX en Rusia, hay quienes se dedican a echar flores sobre un pasado idealizado que no volverá. Pero al analizar esas flores idealizadoras habría que intentar comprender de dónde salen comprendiendo el mundo en que viven quienes las echan, de la misma manera que Venturi, Berlin o Camus atendieron a las flores que los narodnikis echaban a la comuna rural rusa.

Hay varias vías de comprensión posible. Una es la vía narrativo-ensayística que inauguró John Berger en Puerca tierra. Otra es la que ha practicado Pere Casaldaliga al denunciar valientemente que, hoy como ayer, los abusos del capitalismo siguen presentes en la periferia. Y la tercera es una vía analítica, la que ha seguido Ernesto Laclau al distinguir entre populismos y mostrar el disgusto que ha generado en las poblaciones latinoamericanas una realidad socio-económica a la que sólo las élites se atrevían a llamar democrática.

En varios de los países latino-americanos aquí mencionados se está haciendo mención explícita a la intención u orientación socialista de los procesos en curso. Habría mucho que discutir acerca del carácter (incluso tendencialmente) socialista de esos procesos. Pero para entrar de verdad en esa discusión antes habría que tener una noción clara de lo que se entiende por socialismo hoy en Europa. Mientras tanto, hay una pregunta previa: ¿por qué en Europa se acepta, por lo general, el nombre con el que se nombran a sí mismos los partidos gobernantes (sabiendo como sabemos que sus programas apenas tienen nada que ver con el socialismo y en muchos casos ni siquiera con lo que se llamaba socialdemocracia) y, en cambio, al hablar de Venezuela o de Bolivia hay que llamar sistemáticamente "populistas" a los que se llaman a sí mismos socialistas?

Existe, por último, un uso más restringido del término populismo. Se refiere al modo de actuar o de ejercer la parte de poder que tienen, y que han logrado por vía estrictamente democrática, dirigentes como Chávez, Morales o Correa. También en esto habría que precisar y distinguir. Una cosa es el talante personal de tal o cual dirigente y otra, bastante distinta, lo que se proponen actuando en un marco democrático. Si priorizar asambleas constituyentes, potenciar la democracia participativa, tratar directamente con la parte de la población a la que representan sometiéndose a su control, potenciar la iniciativa popular y el referéndum constitucional o legislativo es populismo, entonces habría que llamar populista también al Kelsen de Esencia y valor de la democracia (y no recuerdo ahora bibliografía académica o hemeroteca periodística que haya llegado a tanto).

Si, en cambio, de lo que se trata es de la sospecha en el sentido de que el talante personal, carismático, de alguno de estos dirigentes puede conducir a la liquidación de la democracia representativa (cosa, por cierto, de la que la mayoría de los observadores internacionales dicen que no hay indicio), entonces sería mejor volver al viejo término de cesarismo, que es con el que se ha calificado tradicionalmente en Europa esa forma de relación entre gobernantes y gobernados. Quedaría por dilucidar entonces si cesarismo de izquierdas y cesarismo de derechas son simétricos, y ajenos ambos al espíritu democrático, o si la distinción que estableció Antonio Gramsci, entre un (buen) cesarismo de izquierdas y un (mal) cesarismo de derechas, sigue valiendo después de lo que hemos aprendido desde los años treinta del siglo XX.

* Francisco Fernández Buey es catedrático de Filosofía de la Universidad Pompeu Fabra.

martes, marzo 20, 2007

¿Por qué los intelectuales de izquierda se hacen de derechas?

Francisco Fernández Buey*
El País
18 de marzo de 2007
En España se tiende a llamar "intelectuales" de "izquierda" a muchos que no lo son

El truco de la autocrítica
No seré yo quien vaya a negar la evidencia. Que bastantes personas que se decían de izquierdas, e incluso revolucionarias, en la década de los sesenta o los setenta, se han hecho luego de derechas es un hecho. Se suele hablar de los casos más llamativos en el ámbito político, el de aquellas personas que un día fueron la izquierda de la izquierda y hoy son la derecha de la derecha. Pero el proceso es más amplio y más profundo. Afecta también a intelectuales de lo que un día fue la izquierda moderada o "socialdemócrata", como solía decirse. Para hacerse una idea basta con comparar a este respecto lo que decía el entonces "compañero Miguel", en la Escuela de Verano del PSOE de 1976, con lo que suele decir Miguel Boyer en los últimos tiempos: de propugnar la nacionalización de la banca, las eléctricas y la siderurgia, a la FAES de Aznar.
El fenómeno no es nuevo. El transformismo de los intelectuales es algo tan antiguo y tan repetido que volver sobre el asunto resultaría tedioso si no fuera porque en ese paso hay implicadas algunas tragedias que a veces se olvidan. Sólo recordaré una: la conversión de Benito Mussolini, paladín del socialismo maximalista italiano y fundador luego del partido fascista. Tragedias aparte, la cosa es tan aburrida que los intelectuales europeos que se mantuvieron leales a la izquierda siempre escribieron sobre el transformismo de los otros con ironía o sarcasmo. Recuerdo tres casos, pero hay más. El de Gramsci, definiendo a Marinetti y a los futuristas italianos como niños que se han divertido coqueteando con los proletarios para acabar volviendo al redil de la propia clase cuando pintan bastos. El de Brecht, redactando el libro de los tuis para distinguir entre intelectuales e intelectualines en la crisis. Y el de Lukács, ironizando sobre la falta de columna vertebral de los intelectuales tránsfugas como una ventaja fisiológica que permite al susodicho agusanarse ante el Poder.
Así que, por ahí, nada nuevo bajo el sol. Vamos con las novedades. En España hay dos que subrayar. Una es la práctica consistente en agrandar el propio pasado revolucionario para luego, bajo la apariencia de estar haciendo razonable autocrítica, poner a caldo, por antiguos, a los colegas que sí fueron de izquierdas y siguen siéndolo. La operación suele dar buenos dividendos en la sociedad del espectáculo. Pues las personas jóvenes, que no tienen por qué saber lo de izquierdas que el agrandado fue en su juventud, reciben el mensaje y piensan: los intelectuales que resisten son dogmáticos. En suma, el viejo truco de la autocrítica que en el fondo es sólo retórica para criticar a la izquierda real, a la izquierda socialmente coherente.
La otra particularidad recurrente en la sociedad mediática de la España actual consiste en llamar intelectual a cualquier cosa. En esto, los medios de intoxicación de masas de la derecha política vienen jugando un papel preponderante. Primero desprestigian a los pocos intelectuales serios que hay y luego elevan a la categoría de intelectual al tránsfuga que en el pasado fue, a lo sumo, un politicastro o un escribidor de catecismos. Elevado el tal a los altares de la intelectualidad, lo colocan a continuación en la lista de los objetos consumibles. Y así se hincha la nómina de los supuestos intelectuales que fueron rojos y ahora son azules.
Una de las consecuencias perversas de estas dos cosas es que al final, y el final es ahora, el amable lector acaba creyéndose lo que dice el intelectual que dice que fue de izquierdas y lo que dicen los medios de la derecha del politicastro convertido en intelectual por arte de birlibirloque. La otra prensa, los otros medios que no se quieren de derechas, suelen hacer eco. Y así vamos perdiendo cualquier concepto serio de las palabras "intelectual" e "izquierda". Para no gastar papel lo diré drásticamente, en dos frases. Una: no he conocido a ningún intelectual de verdad, que fuera de izquierdas de verdad, y que al mismo tiempo dijera de sí mismo que era un "intelectual" y "de izquierdas". Les bastaba con ser "rojos" y con tener pensamiento propio. Por algo será. Dos: la nómina habitual de los intelectuales de izquierda que se pasan a la derecha en este país está hinchadísima, pues se tiende a llamar intelectuales a muchos que no lo son y se tiende a considerar de izquierdas a otros tantos que sólo lo fueron en su imaginación de ahora.
Paralelamente se recorta (a veces hasta el doloroso olvido) la lista de quienes, con los distingos de rigor, se han mantenido leales a los valores de la izquierda que defendieron en el pasado. La visión periodística de la historia, el presentismo y la tendencia a convertirlo todo en espectáculo, en titular o en publicidad tienen mucha culpa en esto. Y es ya evidente para cualquier lector habitual de periódicos y semanarios culturales que la culpa de la hinchazón de aquella nómina y del ninguneo de los otros no corresponde sólo a lo que se viene llamando "la caverna". También EL PAÍS, entre otros, tiene su parte de culpa.
Me pregunto, y pregunto a los que leen, si en vez de seguir hinchando el globo de los tuis y de los politicastros que se pasan a la derecha, no sería mejor hacer algo, ahora que estamos en lo de la memoria que se quiere histórica, para honrar a los intelectuales de izquierdas que se han mantenido leales. Sobre todo a aquellos que han seguido trabajando, escribiendo y actuando a favor de los de abajo sin mayor impacto mediático. Lo que queda de izquierda digna de ese nombre debe mucho a éstos, varones y mujeres. Son los intelectuales que han enlazado los ideales social-comunistas o libertarios de la izquierda de ayer con las luchas de hoy en favor de la democracia participativa, de la diversidad en la igualdad, de la economía social ecológicamente fundamentada, de los anhelos de los anónimos a los que un día llamamos pueblo. Honremos, pues, lo que éstos han hecho como intelectuales de verdad y el valor de su resistencia ético-política. Y dejemos ya de hinchar el globo del transformismo. A lo mejor así se invierte la tendencia.

* Francisco Fernández Buey es catedrático de Filosofía de la Universidad Pompeu Fabra.